miércoles, 13 de febrero de 2013

Arremetió el toro/Editorial TalCual miércoles 13feb13

Por: Fernando Rodríguez/TalCual
Sin duda la devaluación del bolícar del viernes pasado va a traducirse en sacudidas políticas de intensidad imprevisible en el tambaleante e inverosímil escenario en que vivimos.  Aunque reconocemos que hacer predicciones en un momento en que todo es posible (hasta que los pemones hayan derrotado bravíamente al general Clíver Alcalá y hecho presos a un nutrido grupo de efectivos militares, 15 oficiales entre ellos), nos atreveríamos a afirmar que no serán pocas ni anodinas.


Ante todo esa medida, y otras que probablemente vendrán, demuestra el fracaso de una prolongada política económica que desde su nacimiento mismo mostraba su flagrante absurdidad: demoler la capacidad productiva y la inversión en el país, por saña contra lo privado o por expropiaciones condenadas a quiebras reiteradas, dedicar los exuberantes recursos del maná petrolero a importar lo que deberíamos hacer en casa, contraer una deuda aplastante, desatar la inflación más grande del continente y de las mayores del planeta, emplear una parte exorbitante de esos dones del subsuelo en vender el liderazgo narcisista y delirante de Hugo Chávez en la patria grande, abocarse al asistencialismo populista más descaradamente clientelar e insostenible, abrir las puertas grandes a una corrupción de una escala inédita en el país y practicar inclementemente la más descarada piratería e ineficiencia gerencial que hasta el mismo Caudillo terminó por reconocer.  Todo ello junto, y a pesar de los barriles a más de 100 dólares, no podía sino conducir ineluctablemente a esta hora negra que en lo inmediato golpeará los bolsillos de las grandes mayorías de conciudadanos.  Jamás fue tan diabólico y excremental el uso rentista del petróleo.

Nada indica, antes por el contrario, que esta medida financiera, necesario y cruel, acarreará otras que configuren un nuevo derrotero económico tendiente a buscar el crecimiento de la producción nacional y su capacidad exportadora, la disminución de las importaciones, la severidad fiscal, el freno a la inflación, en fin, que al menos le den una finalidad sensata al inevitable período de penurias en que entramos.  Lo cual pudiese, incluso, implicar un nuevo clima político, bastante diferente a la ferocidad frenética de los dos segundones que presumen guiar el país y que, dicho sea de paso, se han colocado en estos carnavales en un muy discreto plano, muy contrario a su exhibicionismo mediático, para evitar que los golpee la rabia del pueblo devaluado.  Sobre esto último se recomienda una ojeada a Aporrea, donde suele hablar la familia chavista.

En lo inmediato la pregunta por la tan sugerida elección presidencial a corto plazo se vuelve más enigmática, ya que la medida tomada no pareciera la más propicia para abrir una campaña al chavismo sin Chávez.  Pero ya ahí sí entramos en el intraficable mundo del rumor, sobre todo el de la salud presidencial, que nunca ha sido el nuestro.

Por último, no es alarmismo fácil pensar que en un país tan convulsionado socialmente como éste, más de cinco mil protestas al año pasado, está dura terapia pueda causar fieros traumatismos.  Sobre todo con un liderazgo torpe que no está a la altura de realizar la difícil tarea de vender la idea de que el hambre de hoy puede ser buen pan para mañana.

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