jueves, 18 de septiembre de 2014

Maduro en default

El Presidente está en default ante 30 millones de venezolanos. Tranquilidad en los mercados ahora que Venezuela cancelará la descomunal deuda contraída por el chavismo. Banqueros consideran que es un placer negociar con un gobierno tan insolvente como el de Caracas

MARIO SZICHMAN / Nueva York / TalCualDigital
Es bueno que el timón del gobierno sea manejado por un piloto de tormentas como Nicolás Maduro. El presidente de Venezuela tal vez no sepa distinguir entre la derecha o la izquierda, entre el bien y el mal, o entre el comandante supremo y un ave canora, pero se conoce mejor que nadie los puntos cardinales.

Por un lado, distribuidos en los cuatro costados de Venezuela, hay millones de venezolanos que ignoran lo que es la carestía de la vida, ocupados como están en adquirir los últimos productos que aún quedan en algunos estantes de supermercados. Y en dirección norte, vive el coloso del mismo nombre, que tiene su madriguera en Wall Street.

Maduro está enterado del área de Manhattan donde se alojan los buitres, llamados así por los fondos de igual nombre pues ha visitado en varias ocasiones Nueva York. Solo le falta explorar las entradas y salidas de sus aeropuertos, ya que suele perderse en ellos. Su veteranía como viajero lo convierte en el hombre indispensable en estos momentos históricos.

Su segundo al mando, Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, no sirve para esos menesteres pues le han hecho creer que los viajes sirven para cancelarlos.

Una de las virtudes de los viajes es importar y exportar productos en bodegas creadas para esos fines. Y aunque muchas de las importaciones han sido canceladas porque el estado venezolano apenas está en condiciones de pagar algunas remesas de papel toilette, exiguas para higienizar la parte posterior de muchos compatriotas, las divisas fuertes siguen saliendo al exterior, algunas de ellas bajo el eufemismo de "fuga de capitales".

El mes que viene se vencen algunos plazos de la deuda externa de Venezuela, y es necesario refinanciar unos seis mil millones de dólares. El Judas Mayor de Venezuela, más conocido por sus íntimos como Ricardo Hausman, un escuálido profesor de Harvard que nunca estudió como Maduro en esa universidad que es la vida, ni jamás observó el mundo por el espejo retrovisor de un autobús, pretende ahora cuestionar la sabiduría del jefe de Estado de pagar religiosamente a los acreedores de Wall Street, y declararse en default con los ciudadanos de su país.

Según Hausman, el gobierno de Venezuela ha incurrido "en default de 3.500 millones de dólares con importadores de farmacéuticos", en algo aproximado al default con las importadoras de alimentos (4.200 millones de dólares), en más de 3.000 millones de dólares con el sector automotriz, y en unos 3.700 millones de dólares con las aerolíneas.

Los profetas del Apocalipsis como el señor Hausman creen que eso está mal, que es mejor cancelar la deuda al pueblo venezolano para mejorar su situación, y declararse en cambio en mora ante Wall Street.

Inclusive un gobierno amigo y aliado como el de Argentina tiene un lema: "¿Qué le hace un default más al tigre?" A cada rato se declara en default, y no por eso ha perdido el lugar que tradicionalmente le corresponde en el concierto de las naciones, aunque es cada vez más difícil localizarlo.

LA CAJA CHICA
Pero el modelo chavista es diferente. La economía venezolana se basa en la llamada "caja chica". Consiste en usar los dineros del erario público diseminado en distintas reparticiones para invertir en fantásticos proyectos que nunca se concretan, o en los bolsillos de funcionarios que bien se lo merecen, por la briosa manera en que afrontan sin parpadear las puteadas de los envidiosos.

Y está también esa ánfora mágica llamada "el control de cambios". Hay algunas personas que han conseguido extraordinarias gangas comprando el dólar al precio oficial y vendiéndole en el mercado negro. Funcionarios chavistas inclusive informaron que 21.000 millones de dólares administrados por Cadivi se perdieron en el Triángulo de las Bermudas, posiblemente cerca de la Florida.

Y aunque se hacen esfuerzos, es cada vez más difícil encontrar una caja chica que cuente con real. Un burócrata no puede salir con un revólver y atracar a cuanto venezolano anda por las calles a fin de reclamarle dinero.

Primero, porque los venezolanos suelen salir a la calle con el cambio justo para pagar el Metro o el autobús, y además, porque el burócrata atracador puede enfrentarse con otros merodeadores mal encarados y nunca se sabe quién terminará en la morgue de Bello Monte. Pero existe todavía una caja chica muy preciada: está en las bóvedas de los bancos que aún no han recibido el tratamiento bolivariano.

Y para eso se han inventado los bonos. Un Estado emite bonos, paga a los beneficiarios un porcentaje, y aprovecha el dinero para urdir nuevas maneras de hundir al país. Mientras el gobierno chavista pueda emitir bonos, y haya quienes los compren, podrá ir empujando la lata hacia adelante. Créanme, los banqueros de Wall Street adoran hacer negocios con un gobierno tan insolvente como el venezolano.

El profesor Hausman dice, de manera sibilina, que "Venezuela ha optado por pagar religiosamente sus bonos de deuda externa, gran parte de los cuales están en manos de venezolanos ricos y bien relacionados". No nos interesa analizar su venenoso infundio. Además, según indican expertos en economía, es muy difícil que los bonos sean adquiridos por pobres de solemnidad.

Afortunadamente, el presidente Maduro sabe con qué peces ara (una de sus frases favoritas). El pueblo venezolano todavía consume calorías suficientes para resistir unos meses. La escasez es mejor que un buen gimnasio a la hora de bajar la pancita.

Está comprobada la tesis de muchos funcionarios chavistas, de que la mejor medicina es Mens sana in corpore sano , mente sana en cuerpo sano. Un estudio realizado en Brasil hace dos décadas tras declararse una huelga en los hospitales, demostró una drástica reducción en la muerte de pacientes.

Los vilipendiados médicos nazis del Tercer Reich, como Josef Mengele, descubrieron que en muchas intervenciones quirúrgicas era superflua la anestesia. No hay todavía un mejor sustituto de la anestesia que una bala, un producto de uso dual. Ya desde la época del Salvaje Oeste se sabe que antes de operar a una persona de una herida grave lo más eficaz es hacerle beber aguardiente y ordenarle que muerda una bala.

Un gobierno se distingue por su capacidad para decidir entre distintas alternativas. El gobierno de Maduro ha optado por declararse en default con el pueblo venezolano, que ha demostrado una increíble paciencia con su liderazgo. Ha sido una buena decisión.

Peor es lidiar con acreedores de Wall Street que suelen hasta confiscar yates y toda clase de propiedades a los deudores morosos. Estamos seguros de que vendrán tiempos mejores. Por ahora, lo importante es creerle al gobierno, que asegura que ya vendrán tiempos mejores.

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