jueves, 11 de julio de 2013

El desenfreno de Maduro/Editorial Tal Cual jueves 11jul13

Por: Fernando Rodríguez/TalCualDigital
Los recientes insultos de Nicolás Maduro al gobernador de Amazonas, Liborio Garulla, personales y atroces, además seguramente falsos, indican que entre las heredades de su padre está el mal hablar, la grosería, la falta de sindéresis verbal.


Y citamos este caso por extremo, pero su verbo irrefrenable, bastante torpe, proclive al dislate está casi siempre lleno de adjetivos insultantes y vejatorios.

La palabra “fascista” se la endilga a todo cristo, hasta el punto de que ya su significación per se bastante difusa, como dice Umberto Eco, a raíz de esa tantálica repetición y las naturales replicas opositoras ha terminado por ser, en nuestro patio, un saco vacío que nada significa, un mugido.

Si como ha dicho alguna vez el mismo Maduro, y varios de los miembros de su entorno, andamos bastante necesitados de algunos acuerdos mínimos para que el país no acabe de volverse trizas, lo cual podría ser pasado mañana, no sería malo que entendiera que una buena manera de empezar a apaciguar los ánimos es hablar como suelen hablar los presidentes, valga decir, con recato y prudencia y, si fuese posible, con cierta elegancia.

Tanto se ha repetido que el clima de violencia, de odio y polarización, que hemos padecido por tanto tiempo tienen uno de sus más claros orígenes y motores permanentes en los desenfrenos de Chávez cuando no podía, y era tan a menudo, controlar sus desarreglos psíquicos, sus iras desenfrenadas, o cuando confundía firmeza y valor con capacidad de vejar, con intentos de triturar simbólicamente sus adversarios.

Otra cosa, Maduro. Nosotros nos atreveríamos a afirmar que el país padece una fuerte, extrema, intoxicación de discursos políticos, discursos a secas pero tanto más cuando éstos prescinden de todo argumento y se convierten en propaganda barata o en encanallamiento del foro.

De manera que seria conveniente que, se lo decimos de buena fe, no hable tanto.

El silencio indica fortaleza de ánimo, señorío espiritual, capacidad de autentico mando. El parlanchín es casi siempre un temeroso del vacío y la soledad que tiene que llenar de ruidos y autoafirmaciones.

Inténtelo, dosifique sus intervenciones públicas y se dará cuenta de que el mundo no se caerá si usted deja de correr detrás de él.

Y además le dará tiempo para oír, que para un mandatario es tanto o más importante que andar parloteando sobre lo divino y lo humano, sobre lo que sabe y, en especial, sobre lo que no sabe.

Eso permitiría, entre otras cosas, lo que no hizo nunca Chávez, y que es tan sano y democrático, el trabajo de equipo, el vocerío compartido con sus ministros y sus conmilitones del PSUV.

Estén en la calle o en sus oficinas, lo segundo parece más sensato que lo primero, pero que sean ellos, supuestos especialistas en sus áreas, los que nos informen docta y oportunamente de la marcha de los asuntos públicos de su incumbencia.

Usted parece haber comprendido que usted no es un caudillo y, por supuesto, que no vivimos horas para caudillos.

Tranquilícese entonces, siéntese, respire hondo Lea la biografía de algunos grandes estadistas y se convencerá que el arte de mandar, solo en raras y torcidas circunstancias, se asienta sobre la alharaca y la guapetonería.
En la misma historia de Venezuela encontrará algunos sanos ejemplos.

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