miércoles, 7 de marzo de 2012

La otra cara del miedo

Los motorizados que pretenden acallar con disparos el fervor que ha despertado la candidatura de Capriles Radonski andan en patota, armados asustando con sus carnet de algún cuerpo policial a los de pensamiento distinto. Sin contar que muchos de ellos pertenecen a la nómina de algún ministerio

Claro que asustan. Andan en patota, armados y casi todos portan carnet de un cuerpo policial. Y si eso no fuera suficiente, justifican su quince y último de cada mes en la nómina de algún ministerio y, de vez en cuando, arriesgan su pellejo en misiones arteras en favor de la revolución y si no, le quitan la paga.

Hablo desde luego de los motorizados que pretenden acallar con disparos el fervor que ha despertado la candidatura de Capriles Radonski. Como se ve, no se trata de un asunto de cojones y ovarios, sino de razonamientos, de propuestas políticas concretas y hasta del hastío que ha venido resintiendo la población a lo largo de estos 13 años de gobierno bolivariano.

Por supuesto, el viento no sopla a su favor. El líder único (tan único que incluso en su convalecencia no se atreve a designar un sucesor) no figura en la agenda de ese vasto movimiento que emergió en 1998 para enderezar los entuertos de la cuarta república y usted lo ve ahora reducido a fósil organización burocratizada, a aparato de trajinadores de oficio, a dirigentes que se dan la gran vida en sus nuevas casas, tan alejadas de la Catia y El Valle donde se criaron.

La revolución, amigos, desde hace años que dejó de ser la razón de sus existencias. Eso sí, se levantan en las mañanas y se calzan el disfraz de socialistas, de luchadores sociales, de periodistas emergentes y hasta de diputados que lloran por la gente que se acuesta sin haber probado un pedazo de pan.

Nada más con ver al señor Diosdado, con traje de marca que recuerda la adicción al lujo de Pedro Carreño, cualquier chavista de a pie y con un minuto de reflexión podría sacar una apurada conclusión: hermano, en esta vaina no hay ninguna revolución.

Entonces ¿por qué emergen con tanta virulencia por una visita de Capriles en una zona popular que electoralmente los ha favorecido? ¿Por qué no dejaron que esa misma gente ­que exhibe, según Hinterlaces, un vínculo mágico-emocional con el Presidente­ se ocupara de echarlos de sus calles? ¿Cuál es el temor de que un personaje que no le llega por los pies a la épica de Hugo Chávez atraviese una calle de Cotiza y le hable a la señora asomada en el portón?

Peor aún, ¿cómo es posible que el PSUV haya dejado que ese señor, quien aún se cree dirigente estudiantil de ULA, abandone sus funciones de ministro del Interior para decir semejante babiecada? ¿Con ese señor, que repite el eterno estribillo del imperio y la derecha es que van a ganar la gobernación de Táchira?

Verdad, amigo chavista ­sí, usted, que desea ver el país salir del agujero negro­ ¿que cayéndole a balazos a una marcha no se convence a nadie? ¿Dígame si no es cierto que la enfermedad del Presidente, la imposibilidad de oír su palabra orientadora, ha despertado a las jaurías dentro del PSUV?

¿Dígame si usted, cuando va en el Metro o hace la cola en el supermercado no escucha comentarios que no benefician a esos motorizados armados que han sustituido el debate ideológico por una Glock? Razón tenía ese señor Gandhi cuando pregonaba que "la violencia es el miedo a los ideales de los demás".
NDO/TalCualDigital

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